Amo ir en bici! No hay que poner combustible, no hay que buscar parqueadero, no hay que amontonarse en el estruje del transporte público, no hay que comprar pasajes o abonos de transporte, es gratis, haces ejercicio, llegas más rápido que en metro!
Tiene todas las ventajas! el problema es que la mayoría de las ciudades del
mundo no están diseñadas ni se han adaptado al uso de bicicletas como medio
habitual de transporte, más que como mera actividad lúdica de domingo.
Y aunque en Madrid se ha hecho un gran esfuerzo y hay algunas rutas de
bicicleta, lo cierto es que tengo que ir tranquila pedaleando y con la atención
de una mosca, pues ya me han gritado, que me tire al carril del bus, me han
tirado un bus! Me han gritado que no puedo estar en la acera, me han gritado que me suba a la acera... en fin, no hay
un carril específico, y por más que quieras cumplir todas las normas de
tránsito, principalmente no hay una cultura de respeto al ciclista y de la
valoración a la aportación del desarrollo sostenible de la bici como medio de
transporte. No se impulsa suficiente, no se deja a las personas probar sus
grandes ventajas... será miedo a que perdamos la dependencia a los vehículos en los trayectos
cortos del día a día... como cuándo en Colombia se acabó la infraestructura
ferroviaria para impulsar la venta del caucho y las llantas de goma??... ese es otro tema.
Yendo en bici tengo que prestar mucha atención, de todo lo que y de quienes
me rodean, al igual que cuando conducía... No puedo entrar en los grandes
espacios de reflexión filosófica que son las ventanas de los buses o del metro,
cuando confías en que otro, te llevará sano y salvo a tu destino.
Cuando tú estás llevando tu camino, (en la vida mundana y trascendental) debes estar absolutamente atento en la
vía. Pero hay un caso excepcional: al principio me molesté muchísimo al
ver a los peatones distraídos...pero, en qué carajos está pensando esta gente!!
Luego noté que era un patrón... que yo misma solía caminar como una autómata,
mirando la ciudad, pensando en cosas muy profundas, o simplemente en qué tenía que
comprar en el supermercado.
Pocas veces puedo hacerlo, pero me gusta sentarme en una banca, a ver pasar
la gente caminando, sumergida en su mar de pensamientos. Me gusta imaginarme,
historias, especialmente de los que se ríen solos, y también de los que
discuten con sigo mismos. Hay caras de preocupación y alegría, y otras
completamente absortas e ilegibles, de los que he asumido pueden estar cantando una canción
en su cabeza, o tratando de recordar las capitales del mundo.
Me gusta de vez en cuando preguntarle a mis amigos: En qué pensás? para que siempre
me respondan: Nada. Es un proceso, siempre la misma pregunta, siempre la misma
respuesta. Me gusta los que se aventuran y me dicen en qué están pensando realmente.
Ver a las personas en las grandes calles caminando en piloto automático:
desarrollando el discurso de una declaración de amor, una renuncia a un trabajo, una
exposición, recordando el noticiero, recordando a alguien querido: y si hubiera dicho, y si hubiera hecho... no tiene precio.
Ya no me molesto, comprendí que es uno de esos derechos que ningún gobierno
nos puede quitar nunca, y que hace parte también de nuestra humanidad, no
importa que tenga que poner extra atención en la bici, tenemos un derecho
infinito a caminar distraídos. Eso sí, nunca olvidar mirar a ambos lados antes
de cruzar una calle, una cosa es absortos y otra suicidas.

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