-Hay que ir a Berlín! Dijo Isabel, -que tiene más pasión por el mundo de la ópera, que yo por el de las orquestas- Barenboim va a hacer una versión maravillosa en la Staatsopere de Tristán und Isolde... Imperdible! -Pues nos vamos! dijo Esther, que se compró los tiquetes de avión en cuestión de minutos. Yo no sabía, faltaba tiempo, dinero... quería ver la ópera, quería ver a Berlín,pero sobre todo, quería realizar uno de mis sueños.
Después de hacer y deshacer el plan, al rededor de meses, terminamos organizando todo sin Isa, que estuvo sumergida en las tinieblas del mundo académico... terminé diseñando un proyecto, haciendo contactos con el máster, haciendo una investigación, moviendo personas de arriba abajo. Por alguna razón que aún no está muy clara, resulté un día sola en Berlín, sin hablar una palabra de alemán, al punto de no poder pronunciar el nombre de las estaciones de metro...llegué en horas de la madrugada, a buscar un hostal, fui hasta AlexanderPlatz, -seguro tiene que haber algún sitio dónde pueda quedarme cerca a esta plaza. Corrí con buena suerte, y encontré un sitio cómodo, limpio, un recepcionista español con mapas y consejos prácticos. Todo estaba listo, al siguiente día iría al Philarmonie.
Para mis amigos que no sean músicos es difícil de explicar que es la Berliner Philarmoniker, para no hacer el cuento muy extenso, es casi un sitio de peregrinación religiosa.
El primer día que supe de esta orquesta, tenía unos 11 años, y estaba en una especie de clase de apreciación musical. Digo especie, porque no era una clase, éramos unas doscientas personas, sentados/acostados en el piso de una cancha de Baloncesto sin techo. Recuerdo que veía las estrellas perfectamente y el piso estaba tibio, gracias al clima cálido de Medellín.
Habíamos visto un poco de la versión de los 40´s de Fantasía de Disney, proyectada sobre una de las paredes blancas de la cancha, de unos dos pisos (era un colegio público de la ciudad), con un sonido increíble, un completo cine al aire libre. Y se pronunciaron las palabra mágicas: "Mis queridos chicos, les presento a la filarmónica de Berlín, algún día, hasta a ellos vamos a llegar". Dijo mi querido JuanGui. Siempre me reía con esos comentarios (muy típicos del él), en mi mundo, en mis posibilidades, en mi cabeza de niña, todas esas ideas sonaban a disparates. Y se hizo la música... recuerdo que dirigía Karajan, y me quedé embelesada, absorta, una de esas tantas veces que me enamoré perdidamente de la música.
De un golpe, salí de ese hermoso recuerdo, había llegado a la estación de metro, del Philarmonie, era la mañana siguiente. Tenía un mapa ya arrugado en la mano, y una carpetica, llena de ideas, recuerdos y sueños. No podía darme el lujo de perderme, me estaban esperando...
Nadie entendía la importancia de este día en mi vida. Ni el señor de la recepción, ni las maravillosas personas con las que tuve reuniones. Me atendieron con gentileza y cortesía, me concentré tanto en el trabajo, que por momentos olvidaba que estaba en la filarmónica de Berlín. Andrea (que hacía las veces de mi anfitriona), me dijo con risa medio pícara: quieres ver la sala vacía? ya terminó el ensayo... La sala que ví en tantos videos..en la que sonaba así la música.- Claro! le dije casi llorando.
Ella fue cómplice de mi emoción. Para ella no era nada del otro mundo, era un auditorio que hacía parte del edificio en el que trabajaba todos los días, donde tocaban músicos que veía y oía todos los días. Sin embargo para mi, era creer en los sueños. Abrió la puerta e ingresamos desde el escenario, prendió las luces como si fuera la sala de la casa. Ahí estaba: Esa sala, esa imagen de mi niñez, ese sueño: en silencio, vacío, pero lleno, de una energía viva, (como en los templos budistas) Me dijo al oído: -No te preocupes, no me he acostumbrado a verla tampoco.
Estuve 3 días en Berlín Sola, solo con el tiempo suficiente de ir a las reuniones programadas, recoger la información necesaria, perderme y desperderme por la ciudad. Finalizando el tercer día llegó Esther, la entusiasta, la que compró el tiquete, la que me animó a recorrer todo el camino.
Nos encontramos en una café en la orilla del río, yo estaba en la última reunión con Cathy Millikian, una mujer con el sentido real de la educación y el entusiasmo por la música y los niños. hablamos de muchas cosas, de todo un poco... del puente que se debe construir hacia La América. Estuvimos unos minutos las 3, nos despedimos, con libros y CD´s de su autoría, y la promesa de volvernos a encontrar en un lugar del mundo. Me abracé emocionada a Esther, y pisoteé mis palabras tratando de contarle por todo lo que había pasado en esos 3 días. Los encuentros, las ideas, las posibilidades, el philarmonie!
-Ya viste los huecos que hay en la ciudad?. Fue lo primero que me dijo -Qué huecos? le dije yo.
-Los que quedaron de la guerra, lo que aún no se ha reconstruido... Ahí me di cuenta, no había visto nada, llevaba tres días en Berlín, pero realmente 3 días en mi cabeza, viajando del pasado (recuerdos) al futuro (ideas). Igual estaba bien, teníamos unos cuantos días por delante...
El siguiente día, era por fin el día de escuchar a la orquesta... subió Zubin Mehta al podio, y recordé la primera vez que lo había visto en la vida: Unos 8 años antes en Florencia, Italia. Estábamos cenando, con la orquesta de guerreros... haciendo bromas. De repente el restaruante se convirtió en sala de ensayos: - Rienzi de Wagner! Ya! Ensayo!!- Pero es la 1am!! - No importa!! -Pero no tenemos partituras!!! - De memoria!! ...Ensayamos, y las instrucciones fueron claras y precisas, he aquí lo que yo entendí: "Vamos a tocar un concierto de Heavy Metal, pero, los vamos a sorprender. así que hay que entrar al teatro como Ninjas". Claro como el agua, no?
Entendí que no era un concierto de Heavy Metal, ( sino, para Zubin Mehta) cuando el maestro se volteó sonriente, ante nuestros aplausos y la presencia de 180 personas que habían entrado a su ensayo, sin dejar caer un alfiler. Tocamos para él, en el teatro. Todos temblamos por dentro.
De vuelta a Berlín, lo vi a la cara, y se notaban ya esos 8 años que habían pasado... la orquesta afinó, respiraron todos al mismo tiempo, los escuché... el primer acorde de la octava de Brucker entró en mi corazón y lloré de emoción y de nostalgia. Era el cuarto día, y por fin, los veía y los escuchaba. Entendí que era la primera de muchas veces. Siempre lo difícil es cruzar la frontera por primera vez, una vez al otro lado, puedes entrar y salir cuantas veces quieras. Le di gracias a Dios, a las personas que me encuentro en el camino. Escuché atentamente, entré en estado de escucha activa y meditación.
Recordé a mi gran amigo, que había partido de este mundo unos meses antes. Era un sueño compartido estar en esa sala, escuchar esa orquesta...sentí nostalgia de que su vida su hubiera extinto tan pronto, y no hubiera podido hacerlo. Sin embargo, sentí la presencia y compañía de quienes vivirán por siempre en nuestros recuerdos, en el amor, en la música.
El resto de Berlín se los cuento después, el encuentro con la guerra, con el museo del holocausto, el muro... con una de las ciudades más maravillosas de mundo y la hospitalidad alemana. Finalmente no fui a la ópera... el destino había previsto algo distinto.
A Berlín volveremos otras veces, tenemos mucha tinta en el tintero. ;)




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