Llevabamos un par de días en Koh Phi Phi Lee, una isla que puede resumirse como un Hippie Paradise, de belleza natural extraordinaria, con mar lleno de azules y verdes, playas blancas, plameras y montañas en medio del océano, imponentes, reveladoras.
Está llena de hostales, salas de masajes, librerías de segunda (en la que solo se encontraba un par de libros de Gabo y de Isabel Allende en Español), con pequeños cafecitos estilo occidental, que por cierto agradecimos en el alma, pues comer sólo vegetales y arroz está muy bien, pero comienza a cansar con el paso de los días, -queso queso! Yo necesitaba desesperadamente comer queso, mis amigas desayunos decentes : con huevos, pan y café. A mi desde esos días hasta hoy me parece decente desayunar nuddles.
Comimos queso, tomamos café, nos hicimos masajes, caminamos por las playas.
Le tengo miedo a los Tsunamis, recuerdo la primera vez que ví las imagenes frente al televisor; de olas enormes deborando poblaciones; tuve pesadillas, a veces las tengo, me impactan los espacios abiertos, siempre me siento segura rodeada de montañas. Y ahí estaba, en el mismo lugar que había visto en los noticieros del 2004. La isla estaba llena de letreros con ruta de evacuación de Tsunami, lo cual parecía una ironía manifiesta, pues todas sólo apuntaban hacia el centro de la isla, también plano, vulnerable y deborable por el mar. Traté de no pensar en eso, más bien me hice fotos con los letreros para unirme a la ironía insular!
Koh Phi Phi, tiene varios salones de Muay Tai, que es una especie de boxeo, famoso en el mundo, y con un cierto contenido de tradición mas que religiosa, supersticiosa. Es interesante verlo en la noche, y entender que pasa cuando los turistas con complejos de Gokú se suben al ring a exponer su ki etílico.
Amé los días en ese pedazo de paraíso, aunque me insolé -el sol y yo no somos buenos amigos-... leí Eva Luna en la playa en una edición que parecía derretirse con el sol (como yo).
Todos los dias entraba y salía gente de la isla, con sus enormes mochilas en la espalda, y el andar lento y despreocupado del viaje por cuenta propia.
Ese día, nos levantamos temprano para explorar un poco, con un guía que a Jess y a mi nos pareció que tenía cierto sex appeal, ya la estética asiática estaba entrando (le cogíamos el gustico). Fuimos a escalar montañas rocosas. Con un arnés y una protección que poco protegía.. no importa, en Tailandia no hay muchas reglas estrictas para cumplir.
Escalé, subí, trepé, -no mire para atrás!!- me gritó el guía, y como un reflejo inmeditamente miré, miré, miré... no podía dejar de mirar, podía ver toda la playa, las chalupitas coloridas de madera, el azul del mar y del cielo, las palmeras!! Oh noooo! estaba muy por encima de las palmeras, ya el Tsunami no podía alcanzarme muy a mi pesar. Se me paralizó el cuerpo, se me bloquearon las articulaciones, sólo tuve aliento, para girar mi cabeza y aferrarme con el alma a las rocas. Pobre chavo del 8, pensé.
-Sube! gritó. - No ppuedo! Maullé. -muévete para los lados! gritó (con ese aire de: te dije que no miraras...) - No siento las piernas! Chillé. -La única solución es que te lances hacia atrás y te bajemos desde el arnés. Creo que no me lancé, simplemente el engarrotamiento no funcionó más... caí al aire.., me bajó como un piano de cola por un balcón en trasteo europeo, sentí la tierra, y me senté temblando.
Mi reacción era obvia, tenía que volver a intentarlo, así lo hice...3 veces, 3 veces me bajó, ya sin gritar, sin moverme, sin drama. Nuevo descubrimiento: le tengo pánico a las alturas.
Nos motamos en la chalupa y paramos un momento a caretear, queríamos ver tiburones, yo no pude verlos, otros sí; creo que estaba intentando comprender que tenía una fobia.
Caretear es como volar, especialmente cuando encuentras corales inmensos que parecen grandes cerebros pensantes coordinados por Poseidón. Estaba soñando que volaba con esos pajaritos de escamas de colores, cuando sentí una presencia a mi lado. Muy bien, ahora me tocó el tiburón a mi, cuando estoy sola y alejada del grupo y de los guías... fantástico! me dije desconsoladamente. Pero no.
Era una tortuga inmensa, magestuosa! me sonó a Mahler! salí nadando detrás de ella... era tan bella! estaba sola, yo también. Fuimos ganando profundidad juntas, pensé que iba a necesitar respirar pronto, y veía la luz del sol, muy muy arriba sobre mi... pero no quería dejarla; si salía, ya no la iba a encontrar. Seguí embelesada, siguiéndola, cuando de repente, sentí mi oído derecho! soy consciente de que tengo un oído derecho... lo que pasa es que nunca se hace sentir! una punzada aguda me atravesó hasta el centro de mi cabeza, y por ironía o costumbre, lo único que podía escuchar era un persistente 440. Nadé rápido hacia arriba, dolía más y más, salí medio ahogada, y nadé hasta el barquito, de nuevo el dolor.. así estuve por 2 días.
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| By James R.D Scott |
-cuando nadas profundo hay que soltar aire por la boca, es que no sabes de la presión del agua? Y sabía! pero me había cegado el encuentro.
Acepté mi dolor de oído, la insolación, el descubrimiento de la fobia, y la impotencia ante los Tsunamis. Con todo y todo, la isla me llenó de paz, creo que hubiese podido vivír allí por siempre; sin embargo al siguiente día volvimos al puerto, había que encontrar un barco.., pasa, que todo pasa, teníamos que continuar...



