Ya había pasado por loca unos días atrás, cuando metida en
el metro empecé a llorar mientras leía una narración muy novelesca del estreno de la
resurrección de Mahler. Un hito histórico muy contrario a la mala
aceptación que hasta el momento tenían sus obras. Cuando me empecé a secar los
lagrimones, bajé el libro, y vi como unas cuantas personas me miraban fijamente… -No me quiero ni imaginar las
caras de loca posesa que estuve haciendo-.
Esta mañana me levanté temprano para ir al auditorio, tomé el libro que me había acompañado durante un par de semanas,- feliz porque me faltaban sólo dos capítulos-. Me metí al metro (mi sala diaria de lectura) y lo abrí, comencé la lectura muy nerviosa, porque sabía que me aproximaría pronto al momento de su muerte. Terminé el capítulo justo cuando llegué a la estación de destino, y lloré subiendo las escaleras eléctricas. – Perdimos a Mahler-.
Hace dos días, tuve que hablar para unas 40 personas, un tuve muy tuve, pero era un deber. En pocos minutos, aproveché la escena para hablar un poco de mi filosofía de vida a través de la música. O más bien, de la transformación en la escala de valores de la música clásica que viene en ebullición desde La América. Hablar, reproducir, edificar y trabajar todos los días en pro del optimismo por la humanidad es muy difícil y para muchos absurdo...
De vuelta al auditorio, vi como un violinista más joven que yo, derritió a la audiencia completa, fue ovacionado con estruendosos aplausos, haciendo por clamor general dos bises! Decidí quedarme backstage esta vez, solo porque de verdad necesitaba terminar el libro con urgencia. Aproveché para escuchar schönberg en vivo mientras devoraba el libro, y recordaba la preocupación del propio Mahler días antes de su muerte, sobre la suerte del joven compositor. Me encanta pensar, que hoy, que ya sabemos el final, Schönberg es Schönberg y Mahler, Mahler. Tras la puerta del escenario un auditorio entero escuchaba una de las orquestas europeas más consolidadas, interpretándolo, ya habitualmente, como grande y consagrado.
Mahler me encantó, desde el principio, su música, su energía, su pasión…recuerdo cuando toqué su primera sinfonía y las circunstancias de mi vida en aquel entonces. Pero ahora estoy fascinada por su humanidad, por sus sufrimientos y su visión del mundo, Mahler el hombre.
Después del concierto, el violinista salió del camerino (después de que decenas de personas fueran a felicitarlo), ya de sneakers y jeans. – ya eres una persona normal- le dije en tono de broma, mientras seguía con mi libro abierto. Salía del camerino dónde había dejado un puñado de señores muy elegantemente vestidos, que le esculcaron el violín y las manos. Yo seguía leyendo mi libro… escuchando los ecos de Schönberg. –Que estás leyendo? Me preguntó. Te gusta Mahler? Respondí.- No sé, dijo. Creo que nadie puede sentir tanto. Me parece que es exagerado. Debió haber sido la cara que hice (esas que no puedo ocultar nunca). Se puso rojo y trató de explicarse: Es muy fuerte, muy grande, muy doloroso, muy masivo, muy forzado… -Es verdad, le dije. -por eso lo amo. Después lo felicité por su gran actuación y le desee mucha suerte en el camino de éxitos que tiene y tendrá. Se lo llevaron los señores de trajes caros… Me miró con cara de que quería irse a comer una hamburguesa con papas fritas, y simplificarse... Siempre he pensado que los verdaderos artistas huyen de alguna manera de las excesivas adulaciones y formalismos en los que se ven continuamente envueltos. Sin embargo, los más inseguros de su arte o de si mismos, son los que viven encantados con las ordas de aduladores. Este era de los buenos.
Volví desesperada a
la lectura. Ya la historia estaba contada.
El ultimo capitulo fue una reflexión social y musicológica de lo que
aconteció después de su muerte. De cómo cambió la historia de la música y como
ha llegado más fuerte que nunca a nuestros días. Así, hiperbólico y mundano. Al
final del concierto, al otro lado de la puerta su joven amigo Schönberg fue aplaudido por cientos. Cerré el libro con
la firme convicción de que estamos presenciando transformaciones históricas de
la música ante nuestros ojos (y oídos).
Y solo los rancios pesimistas seguirán intentando enterrar el futuro de la música clásica con ellos
mismos. La esencia de nuestra humanidad
es imparable, y brota de extremos voraces. Mahler lo sabía.
Esta mañana un recuerdo, un libro y un virtuoso, le dieron color a mi fe.
